Hoy, además de firmar el finiquito con mi actual última ex-empresa, o precisamente por eso, en el autobús a casa ha ocurrido una de esas cosas que ocurren porque los Hados así lo disponen: he ligado sin yo proponérmelo. La verdad, no es algo que suela ocurrirme muy a menudo (bueno, en realidad sí, para qué voy a mentir), así que debe ser que se ha producido una perturbación en la Fuerza, o estas cosas ocurren y yo no me doy cuenta, o algo similar.

Recuerdo la última vez que me había sucedido algo parecido: era un día cálido, soleado de invierno (ahora con esto del cambio climático tenemos dos semanas de clima de Siberia y tiempo de mil demonios, mientras que en el resto de temporada disfrutamos de un solete la mar de agradable) y yo estaba escuchando música esperando a que un semáforo se pusiera en verde para los peatones.

Así andaba yo, como digo, cuando veo al otro lado del paso de cebra a una chica de unos veintitantos, de buen ver, con gafas de sol que, a pesar de no estar en línea recta conmigo, observo que me está mirando al mismo tiempo que yo hago lo propio. Hasta aquí todo normal, y no habría nada más que reseñar: un día cálido de invierno, yo estoy subiendo a casa a comer y la vida fluye cual alegre riachuelo y todo el mundo observa el transcurrir de la vida.

Y en esas estamos cuando, por el rabillo de ojo, observo como la susodicha señorita no parece quitarme el ojo de encima. ¡Zapateta! Discretamente, me propongo corroborar hasta qué punto es cierta esta aseveración. Realizo un pasado general, de izquierda a derecha para ver que efectivamente estoy ligando sin quererlo, y después otro de derecha a izquierda para verificar que, efectivamente, toda esta sucesión de hechos están ocurriendo en este mismo universo y además me están teniendo a mi de protagonista. ¡No lo puedo creer! ¡Estoy ligando sin yo hacer nada!

Mi ego sube, pienso que puedo darle la vuelta al mundo: soy el imán de las nenas; capaz de cualquier cosa, falta poco para que me elijan presidente del país. Y entonces el semáforo se pone en verde y todo confiado sigo hacia adelante y, cuando estamos a punto de llegar al mismo punto del paso de cebra, me fijo en sus ojos semi-cubiertos por las gafas de sol, y me doy cuenta: no es que me estuviera mirando a mi en vez de estar mirando en línea recta, estaba mirando en línea recta, solo que la susodicha señorita de enfrente tenía estrabismo...

En realidad toda esta historia no me pasó a mi, le pasó a un amigo mío (yo hoy volví a ligar sin quererlo en el autobús).

p.d.: me reservo el derecho a retirar este artículo, dado que hoy he estado de despedida de curro, he tomado demasiadas cervezas y, a pesar de haber podido escribir todo esto, he intentado abrir el portal de mi casa con el teléfono móvil (pero solo una vez eh).